ENTRE ESPUELAS Y SANGRE

“Uno, dos, tres, cuatro, cinco…Hay pelea señores”. De esa manera comienza una tarde en la gallera Pico de Oro, en el corregimiento de Mocondino, al suroeste de Pasto, Nariño.

Tan pronto entro en el recinto, después de pagar $2.000 pesos por apostarme en la última fila de la gallera, percibo un ambiente nunca antes visto. Hay un hedor en el que se confunde el olor campo, la mierda de los gallos y el tufo de una cantina. El lugar tiene varias “dependencias”. Hay una cafetería, una taberna -que sirve también como escenario de los juegos de cartas-, un espacio para el cotejamiento de los animales y, por último, el ruedo donde pelearán los animales que logren conseguir dicha coteja, la gallera en sí.

El lugar es sombrío, turbio. Consta de un pequeño ruedo con el piso en arena y aserrín, y lo rodean dos filas de asientos para los espectadores. Tiene capacidad para unas 150 personas.

Son las tres de la tarde y todavía hay muy poca gente. Las peleas aun no comienzan. Solo se ven un par de hombres jugando cartas, otro par bebiendo aguardiente y unos cuantos preparando a los gallos que traen desde todos los rincones de Nariño.

Poco a poco el lugar comienza a llenarse. Entran personas de todas las edades, en su gran mayoría son hombres con aspecto rudo y campechano que entran alardeando de las capacidades de sus animales.
Me entretengo un momento mientras observo cómo se hace el cotejamiento de los animales. Un hombre mira un gallo que, supone, tiene características físicas similares a las del suyo. Le propone la pelea a su dueño. Si éste acepta, se dirigen hacia la báscula. Ahí se decide si la pelea se va a llevar a cabo y, de ser así, el monto de la apuesta de la misma.

Un hombre que se hace llamar “el negro” pesa su gallo: 3.1 libras, el otro, su contrincante, pesa 2.95. El posible rival del negro intenta abrir la pelea pero éste lo incita: “Hágale que el mío pesa más pero el suyo es más alto”. De mala gana, el hombre accede. 

“Esta es una gallera de pobres”, dice un hombre de sombrero con aspecto solapado. “Acá el que más apuesta, apuesta 200, pa´l Putumayo es bueno, allá si van de 3, de 5, de 10 millones”. El hombre no se equivoca, las apuestas oscilan entre los 100 y los 300 mil pesos entre los dueños de los gallos, y entre quienes apuestan sobre gallos ajenos, las cifran van de los $5.000 a los $50.000.

La primera pelea acaba de ser pactada. Cada hombre sale con su gallo hacia una zona destinada para el “empioje” que es, en el sentido más estricto de la palabra, todo un ritual. Comienza por recortar con una especie de pinza, la espuela natural del gallo. Para evitar el sangrado se le aplica percloruro de sodio. Se procede a forrar las patas del animal con un vendaje para evitar lastimarlo con los implementos que se le pondrán en un momento. Luego se encaja en su espuela un pequeño armazón metálico conocido como patapioja y que ha sido previamente ungido con una cera especial para que se adhiera bien al esparadrapo. A dicho armazón se le incorpora la espuela artificial, hecha de metal y carey y por último se asegura todo nuevamente con una larga cinta de esparadrapo. Antes de la pelea se corta las plumas del cuello del animal para que no le resulten incomodas en el momento del combate.

Los gallos están listos, el público comienza a agolparse en el ruedo y salen los tres jueces de campo. Dos de ellos toman a un gallo en sus manos y verifican que el empioje haya sido correcto. El tercer juez anota en un tablero que cuelga de una soga en la mitad del ruedo, los nombres del propietario de cada animal, el lugar de procedencia del mismo, la cifra apostada y, por último, el color del animal.

Esta última casilla se vuelve absurdamente incomprensible para cualquier inexperto como yo. Hay colores básicos: Negro, blanco, verde y pintado. Pero la cosa se complica cuando en el tablero se leen colores como bayo, grillo, giro, canaguay, carmelo, cenizo, colorado, gallino, etcétera. Quedo en las nubes por unos momentos pero mi vecino en el ruedo me saca de todas las dudas.

Comienza la pelea, los jueces sueltan los gallos y en ese mismo instante se erizan las plumas de sus cuellos. La batalla es entre un gallo grillo (amarillo y negro) y uno colorado (muchos colores entre los cuales predomina el café).

Al mismo tiempo que inicia la pelea, inician muchos hombres -y unas pocas mujeres- de todos los pelambres, a gritar desaforadamente. Apoyan a los animales, hacen sonidos con la boca para estimularlos, retan a sus contendores, ofrecen apuestas a diestra y siniestra y, de hecho, apuestan a diestra y siniestra. Una persona puede durante una pelea llegar a apostar con 5 o 6 personas diferentes.

La pelea continúa y es realmente emocionante. “Los gallos están parejos, aunque el grillo está bien tinoso” dice mi compañero de palco. De repente, y sin que yo entendiera que pasaba, se detiene la pelea. La espuela de uno de los plumíferos se había salido y el juez otorga tres minutos para que el animal esté de nuevo en combate. Su dueño y dos acompañantes se apresuran para que el gallo esté de nuevo en el rin lo más pronto posible.

Pasa un instante y el gallo estaba nuevamente preparado para la pelea que vuelve a ser emocionante, aunque no deja de parecerme cruel. Entre tanto grito de los espectadores y tanto aleteo de los animales, no logro percibir bien lo que pasa. Los gallos sangran, no sé si solo uno, o los dos, pero sangran intensamente. Mi vecino, que se ha convertido en mi tutor, me dice que el gallo grillo ha quedado tuerto. Un fuerte espuelazo del gallo colorado le ha sacado un ojo sin ninguna contemplación. El grillo es valiente. Continúa la pelea, esta vez un poco más sosegada, pues la ventaja es clara.

Las apuestas siguen, ahora un poco más a favor del colorado. Quienes al principio apostaron al grillo tratan de abrir las apuestas o de encontrar un incauto que conserve su fe en el que nada más mira la mitad del entorno.

“Pago 20 a 10”, “Doy 20 – 30”, “Le pago”, “Le doy”, son algunos de los gritos que entre tanta confusión logro entender. Son diferentes mecanismos de apuestas de acuerdo a las circunstancias de la pelea.

El reglamento dice que la pelea puede durar máximo 15 minutos, el grillo y el colorado ya completan 12, y de completar los 15 la pelea se declara empatada, nadie gana, nadie pierde. Es una pelea “tablas” como dicen los galleros.

En un momento, el colorado, como era de esperar, coge ventaja sobre el grillo y lo deja amontonado en el piso. Al ver que no se mueve, el juez pone sobre la arena manchada con sangre un reloj de arena que marca un minuto. Si dentro de ese minuto el gallo no logra ponerse de pie, su contendor será el vencedor. Falta poco y el grillo, lleno de gallardía, se levanta e intenta seguir la riña. Muchos rezan para que aguante hasta el final y empatar la pelea, pero no es así. Faltando casi 20 segundos para los 15 minutos reglamentarios el grillo cae muerto en el piso y la gallera estalla en un sonido que fusiona el júbilo con la tristeza.

El hombre recoge su gallo y el negro sopla la cresta del vencedor. Antes de retirarse del ruedo, se paga la apuesta y sucede algo que me impresiona: Los perdedores de las apuestas se acercan a los ganadores y entregan sin ningún problema la suma acordada. Nadie engaña. Nadie roba. Todos aceptan dignamente la derrota. “Palabra de gallero” dice mi tutor absolutamente convencido de lo que afirma.

Después de un receso de unos 15 minutos se da inicio a otra pelea, y del mismo modo a las 6 siguientes. Son las 6 y 30 pm, hace frío y creo que ha sido suficiente por hoy.

Me retiro con un sinsabor, ese que me produce el saber del sufrimiento de los en esa tarde habían caído malheridos. Sin embargo no todo es malo. Conocí un inframundo que muy pocos conocen y que suele ser emocionante y entretenido.

“Uno, dos, tres, cuatro, cinco…Hay pelea señores” se escucha al juez a lo lejos.
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